Llegué al Centro Cultural Banco do Brasil de Belo Horizonte para visitar Joaquín Torres García – 150 años, sin imaginar que, en lugar de ser yo quien recorriera la muestra, sería la muestra la que terminaría recorriéndome a mí.

Mi expectativa estaba centrada en reencontrarme con la obra de Torres García, pero no había dimensionado la fuerza que adquiriría al entrar en diálogo con reconocidas figuras del arte moderno y contemporáneo de Uruguay, Brasil y otros lugares del mundo.




La exposición, la más amplia dedicada a Joaquín Torres García realizada hasta ahora en Brasil, reúne más de 400 obras entre pinturas, dibujos, objetos, manuscritos y documentos históricos. A ellas se suman trabajos de más de un centenar de artistas brasileños y extranjeros que establecen relaciones formales, conceptuales y simbólicas con su legado. Con curaduría de Saulo di Tarso y la colaboración del Museo Torres García, la etapa de Belo Horizonte presenta además un recorte propio, con obras especialmente seleccionadas para esta ciudad.
La amplitud de nombres es sorprendente. Entre los uruguayos aparecen Agustín Sabella, Carmelo Arden Quin, Fernando López Lage, Jacqueline Lacasa, Javier Bassi y Pablo Uribe. La escena brasileña está representada, entre muchos otros, por Alfredo Volpi, Anna Bella Geiger, Cildo Meireles, Emmanuel Nassar, Ernesto Neto, Hélio Oiticica, Lygia Pape, Rosana Paulino y Rivane Neuenschwander. La selección se extiende además a figuras internacionales como Alfredo Jaar, Carlos Garaicoa, Pascale Marthine Tayou y Max Bill.
Esa convivencia inesperada convirtió mi visita en una especie de juego de descubrimiento. Mientras conocía nuevos aspectos de la vida y la obra de Torres García, esperaba con interés la aparición de cada obra contemporánea. Quería comprender por qué estaba allí y qué vínculo tenía con su legado.

Me sorprendieron especialmente algunas de las relaciones propuestas por la curaduría. Acostumbrada a reconocer la huella de la Escuela del Sur en la geometría, la estructura y los símbolos, en muchas de estas obras el vínculo con Torres García no me resultó evidente. Lejos de desconcertarme, esa falta de obviedad despertó aún más mi curiosidad: ¿dónde estaba el diálogo?, ¿en la forma, en el pensamiento, en la relación con el territorio o en una manera de mirar el mundo desde el sur?
Al investigar luego la propuesta curatorial, comprendí que esos vínculos no estaban planteados únicamente desde lo visual. La exposición establece aproximaciones formales, conceptuales y simbólicas y, en Belo Horizonte, pone especialmente el foco en las conexiones entre el pensamiento de Torres García, el arte popular y la cultura de Minas Gerais. La identidad, la pertenencia y la creación colectiva atraviesan este nuevo recorte de la muestra. Entonces entendí mejor por qué algunas relaciones no eran evidentes. No se trataba solamente de reconocer la huella formal de Torres García, sino de descubrir la vigencia y el alcance de su pensamiento.
En algún momento sentí que la relación con la muestra se invertía. Ya no era solamente yo intentando comprender por qué cada obra estaba allí: la propia exposición comenzaba a cuestionar las ideas con las que había llegado, invitándome a abandonar ciertas certezas y a abrirme a otras maneras de mirar. Por momentos sentía que estaba dentro de una de esas películas que cuentan dos historias en paralelo. Por un lado, avanzaba por la vida y la obra de Torres García; por otro, aparecía el presente, con nuevas miradas que retomaban, cuestionaban o transformaban su legado. Mi interés estaba en descubrir en qué punto se encontraban esas dos historias. El montaje reforzaba esa sensación. Las obras ocupaban la parte superior de las paredes y, bajo ellas, una línea cronológica acompañaba los distintos momentos de su vida. En el centro había mesas-vitrina con documentos, cuadernos y piezas pequeñas. Bajo esas mesas aparecían sus juguetes de colores intensos, casi como queriendo salir y ocupar el espacio. Esa imagen me quedó grabada. Había algo muy fuerte en ver los juguetes abajo y la obra más reconocida arriba, como si esa parte menos visible de su trayectoria estuviera sosteniendo todo lo demás. Los juguetes dejaban de ser una curiosidad para convertirse en una parte fundamental de su universo. Sus colores contrastaban con la paleta más contenida de muchas de sus pinturas y, sin embargo, todo parecía hablar el mismo idioma. La presencia de esos juguetes tampoco es casual dentro de la exposición. La dimensión educativa ocupa un lugar importante en el pensamiento de Torres García: la experimentación, la invención y la creación de símbolos formaban parte de su manera de entender el aprendizaje y la práctica artística. Sus juguetes de madera participaban también de esa búsqueda.
Me sorprendió gratamente, además, que la cronología y los textos que acompañaban las obras estuvieran en portugués y español. Sentí la presencia del español como un gesto de cercanía y como parte del diálogo cultural entre Uruguay y Brasil que atravesaba toda la exposición. En un tiempo en el que lo digital parece abarcarlo todo, disfruté especialmente al ver a tantos jóvenes recorriendo las salas con verdadero interés. Que un artista de otra época continúe despertando su curiosidad me hizo sentir que el encuentro directo con el arte sigue teniendo una fuerza irremplazable.Torres García no aparecía allí como una figura detenida en la historia: su obra se sentía viva, capaz de generar nuevas preguntas y diálogos con el presente.
Joaquín Torres García – 150 años
Dónde: Centro Cultural Banco do Brasil – CCBB Belo Horizonte, Galerías del 3.er piso y Patio
Dirección: Praça da Liberdade, 450, Funcionários, Belo Horizonte, Minas Gerais
Hasta: 12 de octubre de 2026
Horarios: miércoles a lunes, de 10 a 22 h
Entrada: gratuita, con retiro previo de entrada online o en la boletería del CCBB BH.
Sitio oficial de la exposición — CCBB Belo Horizonte
Release de prensa — Joaquín Torres García, 150 anos (PDF)
